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Full text of "Luis Melian Lafinur 1895 Los Treinta Y Tres"

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LOS TREINTA Y TRES 




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X.OS fiMíur 


TREINTA Y TRES 


Fallada alia aliam Iriullt. 
Una Biiporchorla trao otra. 

'ricincNíJio. — Antlria* 
acto 4." oBcena fl.'* 


MONTEVIDEO 

IMPRESORES! C. BECCHI Y COMP.^ 
218— SAPANdÍ — 2 18 





LOS TREINTA Y TRES 


Cada aniversario de la Gloriosa Cruzada 
de los Treinta y Tres, se publican nó- 
minas caprichosas y falsas de los hé- 
roes, con supresiones arbitrarias y susti- 
tuciones injustificadas. 

En diversas circunstancias, bajo nues- 
tra firma ó sin ella, hemos rectificado 
por la prensa esos errores, sin conse- 
guir empero nuestro objeto, ({ue no ha 
sido antes, como no es ahora, otro que 
el de restablecer la verdad, alterada en 
un punto de interés histórico y descono- 
cida con mengua de la memoria de me- 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


ritorios ciudadanos, desalojados del 
puesto de honor que conquistaron con su 
esfuerzo, para que aparezcan como per- 
tenecientes al glorioso grupo, individuos 
que no lo constituyeron, y que usurpan 
sin embargo, en el homenaje de la poste- 
ridad, un jirón de simpatía y de respeto 
que no les corresponde. 

Y como si tal injusticia no fuese de suyo 
irritante, sucede además que por por- 
fía inexplicable, ó no tomarse nadie el 
trabajo de una investigación seria con 
espíritu realmente crítico é imparcial, 
ha revestido la superchería que se hace 
al rededor de los Treinta y Tres, un ca- 
rácter permanente que hay la necesidad 
imperiosa de modificar. 

En textos de lectura para las escuelas 
aparece equivocada la lista de los héroes. 

Hay cinco individuos sustituidos á los 
verdaderos, en el «Bosquejo Histórico de 
la República», por el Dr. Berra; y pasa lo 
propio en la «Historia del Uruguay», por 
Víctor Arreguine, y en algunas otras pu- 
blicaciones. 

Es lamentable también que para la 


LOS treinta y tres 


7 


memoria explicativa del cuadro de nues- 
tro gran pintor nacional, personas mal 
enteradas y superficiales, le sugiriesen á 
nuestro amigo el señor Blanes seis nom- 
bres d ^ndivlduos que no fueron de los 
Trei nta y Tres ^y es do sentirse igual- 
mente que haya indicaciones erradas 
en el prolijo y delicadísimo trabajo cali- 
gráfico del señor Nin y González alegó- 
rico de la República; como ha sido des- 
consolador y hasta vergonzoso, que en 
pasadas épocas, á favor de complacencias 
reprobables, obt uviesei T_pre mios algunos 
ilegítimos usufr uctuarios de las glorias 
de"lá Tnmdftal cTu^da, y le^^déjas^en to- 
davía á sus deudos el provecho de in- 
merecidas pensiones. 

Pero más deplorable aún que pasados 
engaños, explotaciones é injusticias, es 
que en la actualidad el monumento que se 
alza en la plaza principal de la Florida, 
en conmemoración de la~ Independencia, 
oste nte en br o nce, esculpidos, como per- 
teneciente s á los T reinta y Tres, seis 
nómbrés7 nada menos, que no so n los~de 
aqitellos intrépidos patriotas. 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


Para queá despecho pues, del arte plás- 
tico convertido en cómplice de un fraude 
histórico, se eleve una protesta documen- 
tada en pro de los desheredados de su 
parte de gloria, damos á la publicidad 
este trabajo, que no tiene originalidad, 
nada nuevo, mérito alguno, ni más labor 
de carácter personal, que la muy fácil y 
simple de la metódica ordenación de ante- 
cedentes conocidísimos, pero que disper- 
sos en publicaciones diversas, no ofrecen 
la utilidad que ahora presentan reunidos y 
coordinados para el fin concreto de resta- 
blecer la verdad. 

Mientras no surja el historiador prepa- 
rado y filosófico, que erija á la memoria 
de nuestros grandes náüertos el monu- 
mento más perdurable que el bronce — 
cero perennias (1) — según la frase del 
poeta, no dejarán de ser útiles los frag- 
mentos ilustrativos de los puntos obscu- 
ros de nuestro pasado, ú obscurecidos 
intencionalmente por la imbecilidad, el 
interés ó. las pasiones. 

La nómina verdadera de los Treinta y 
Tres es la publicada oficialmente el año 



LOS TREINTA Y TRES 


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1888, en la página 1/ del tomo 1.” de la 
obra titulada: «Catálogo de la Correspon- 
dencia militar del año 1825, arreglada por 
la Inspección General de Armas». 

Es la que sigue y dice así: 

«Los individuos de que se compone la 
siguiente lista, pisaron en la margen 
oriental del Uruguay para promover la 
libertad de la provincia el 19 de Abril 
de 182^: 


Coronel Comandan- 
te en Jefe D. Juan A. Lavalleja. 


Mayor 

)) Manuel Oribe ( 2 ). 

Id. 

)) Pablo Zufriategui (3) 

Id. 

)) Simón del Pino ( 4 ). 

Capitán 

)) Manuel Lavalleja (5). 

Id. 

)) Manuel Freire (0). 

Id. 

» Jacinto Trápani. 

Id. 

» Gregorio Sanabria. 

Teniente 

» Manuel Meléndez (7). 

Id. 

)) A tanasio Sierra. 

Id. 

)) Santiago Gadea. 

Alférez 

» Pantaleon Artigas ( 8 ). 

Cadete 

)) Andrés Spikerman. 

Sai-gento 

)) Juan Spikerman (9). 

Cabo l.° 

» Celedonio Rojas. 

baqueano 

)) Andrés Clieveste. 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


Soldado 

D. Juan Ortiz. 

Id. 

)) Ramón Ortiz. 

Id. 

)) Avelino Miranda. 

Id. 

)) Carmelo Coimán. 

Id. 

)) Santiago Nievas. 

Id. 

)) Miguel Martínez. 

Id. 

)) Juan Rosas. 

Id. 

)) Tiburcio Gómez (10). 

Id. 

)) Ignacio Núñez. 

Id. 

)) Juan Acosta. 

Id. 

)) José Leguizamáfc (11). 

Id. 

)) Francisco Romero. 

Id. 

» Norberto Ortiz (12). 

Id. 

)) Luciano Romero. 

Id. 

» Juaa Arteága(13). 

Id. 

)) Dionisio Oribe (14), cria- 


do de D. Manuel Oribe. 

Id. 

)) Joaquín Artigas (15), 


criado de D. Panta- 


león Artigas. 


El capitán D. Basilio Araujo ( 16 ) no 
vino incorporado á los Treinta y Tres» 
pero sí en la misma condición; hizo el 
viaje por tierra, pasó el Uruguay, cum- 
plió su comisión y se incorporó en la cos- 
tad los Treinta y Tres.» 



LOS TREINTA Y TRES 


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La nómina que precede, publicada ofi- 
cialmente por la Inspección General de 
Armas, y tomada de los documentos del 
archivo militar del año 1825, basta por sí 
sola para restablecer la verdad adultera- 
da; pero mayor autoridad cobra cuando, 
como lo vamos á demostrar, coincide 
con otras tres listas también de intacha- 
ble procedencia. 

En M^rzo de 1883 (17) habíamos pu- 
blicado nosotros la primera revista de Co- 
misario del 30 de Abril de 1825, en Jas 
páginas 210 y 211 del tomo 4." de los 
«Anales del Ateneo del Uruguay»; y ese 
documento coincide en todos los apellidos 
con la lista publicada cinco años después 
oficialmente por la Inspección General de 
Armas, como se designaba entonces la 
repartición que es hoy el.Estado Mayor 
General. 

Idéntica nota sobre el capitán Araujo, 
á la que registra la lista de la Inspección, 
trae también la publicada por nosotros, 
yla designación de grados es exactamente 
igual en ambas. 

La tercera lista concordante con las 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


dos anteriores, la publicó D. Wáshington 
P. Bermúdez el año 1885 en las páginas 
28, 29 y 30 del libro titulado: «Baturrillo 
Uruguayo», tomándola, según allí lo in- 
dica, de la que insertó el coronel D, Pedro 
P. Bermúdez en las notas del acto 3° de 
su drama «Un Oriental». 

Viene esa lista abonada por las firmas 
del general Lavalleja y del coronel Zu- 
friategui; establece como las ^os ante- 
riores, la mismagerarquí a militar de jefes, 
oficiales y clases, y trae también como las 
otras, idéntica nota sobre el capitán Ba- 
silio Araujo. 

Como cuarta lista concordante con las 
tres anteriores, lléganos ya el caso de in- 
vocar la que publicó en París en 1826, el 
traductor francés de la obra titulado; «No- 
ticias históricas, políticas y estadísticas de 
las Provincias Unidas del Río de la Pla- 
ta, con un apéndice sobre la usurpación 
de Montevideo por los gobiernos portu- 
gués y brasilero» (18). 

Se halla esa nómina en la página 518 de 
la edición francesa de dicha obra, que se 
publicó en castellano, inglés y alemán en 



LOS TREINTA Y TRES 


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Londres en 1825, con un apéndice sobre la 
usurpación de Montevideo; cuyo apéndice 
fué más extenso y documentado en la 
edición francesa, por haberse ella dado á 
luz, como queda dicho, en 1826, contatos 
y documentos remitidos desde el Río de 
la Plata sobre la pasada y nombres de 
los Treinta y Tres, el Gobierno provi- 
sional de la Florida, las batallas del Rin- 
cón de Haedo y Sarandí y otros intere- 
santes sucesos de la época, referentes á 
nuestro país. 

La lista remitida á Europa á raíz de los 
acontecimientos á que dió lugar la revolu- 
ción de 1825, se impone con la misma au- 
toridad que las otras ya enumeradas, por 
el crédito y la seriedad de la persona que 
la envió y porque ni el éxito que en la 
convención de paz do 1828 coronó definiti- 
vamente la empresa, ni los premios que 
hubieren de decretarse más tarde, ni la 
importancia después reconocida á la pa- 
triótica y azarosa resolución de invadir el 
país en tan corto número y cuando era 
incierto el destino, suscitaron en los co- 
mienzos de la hazaña las ambiciones que 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


germinaron una vez concluida la guerra, 
y que hicieron que se envidiase y anhela- 
se el honor de la jornada, determinando 
sustituciones respecto de los muertos, ó 
que se suponían tales, ó de los humildes 
que no apelarían de semejantes falseda- 
des. 

No se concibe, por lo tanto, en 1825 el 
interés deshonesto que prevaleció poste- 
riormente en los cambios injustos y ar- 
bitrarios. 

Viniendo ya á las listas y pretendidas 
comprobaciones que han triunfado hasta 
la fecha de la verdad, en diversas obras de 
arte y en libros y folletos, debemos decir 
que las principales son tres, discordantes 
todas ellas y mal avenidas entre sí. 

Es la primera una 'lista impresa que 
circuló, aunque muy poco, en Montevideo 
antes del año 1843 (19). 

No es esa lista un documento que pue- 
da conceptuarse ni siquiera serio. No 
trae pie de imprenta, ni fecha, ni indica 
de donde se tomaron los nombres de los 
cuales muchos errados, agregándose á 
esta falta de antecedentes, la mayor irre- 



LOS TREINTA Y TRES 


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gularidad y confusión en grados y gerar- 
quías, clasificando, verbigracia, de simples 
vecinos al capitán Sanabria y al teniente 
Gadea. 

La segunda lista corriente y que es la 
que acepta el Dr. Berra, la formó el res- 
petable ciudadano D. Luis Ceferino de la 
Torre, con el auxilio de los principales je- 
fes, según dice aquel historiador, con refe- 
rencia á una afirmación que atribuye al 
propio señor de la Torre. 

Examinemos este punto. Entre los 
Treinta y Tres no había más que cuatro 
jefes: el coronel Lavalleja, y los sargen- 
tos mayores D. Manuel Oribe, D. Pablo 
Zufriategui y D. Simón del Pino. 

¿Qué jefes han certificado la lista del 
señor de la Torre? 

¿El coronel Lavalleja? Puede ser; pero 
certificó también la del señor Bermúdez. 

¿El mayor Zufriategui? No lo creemos; 
pero de igual modo que el coronel La- 
valleja certificó la lista del señor Ber- 
múdez. 

¿El mayor Oribe? Es posible; pero, co- 
mo luego se verá, el mayor Oribe ha abo- 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


nado también una lista diferente á la del 
señor de la Torre. 

¿El mayor Simón del Pino;? Jamás en 
nuestras investigaciones históricas lie- 
mos encontrado ni en impresos ni en autó- 
grafos, el nombre de ese jefe atestiguando 
nada sobre los Treinta y Tres. 

Colocada la cuestión en estos términos, 
la síntesis es la siguiente: la lista del se- 
ñor de la Torre, aun en el concepto hipo- 
tético de que esté subscripta por tres de 
los cuatro jefes que había entre los Trein- 
ta y Tres, carece en absoluto de autori- 
dad, porque esos jefes con el mismo puño 
y la misma letra han subscripto también 
otras listas: Lavalleja y Zufriategui la 
exactísima del señor Bermúdez, corrobo- 
rada por la oficial del' Estado Mayor Ge- 
neral, por la nuestra inserta en los 
«Anales del Ateneo» y por la publicada 
en Europa en 1826; y el mayor Oribe ha 
subscripto la de D. Manuel Rovira,de que 
nos ocuparemos más adelante. 

Podría suponerse acaso que al referirse 
el señor Berra á los jefes que colaboraron 
en la lista del señor de la Torre, hable, no 



LOS TREINTA Y TRES 


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de los que eran jefes en el momento déla 
pasada, sino de los oficiales ó clases que 
lo fueron una vez concluida la guerra de 
la Independencia. 

Pero una lista formulada años después 
del suceso á que se refiere, ya sabemos 
lo que puede ser, pidiéndole sus autores 
esfuerzos á la memoria para que devuel- 
va nombres arrebatados en la vorágine y 
confusión de tiempos tempestuosos. 

Con razón el señor Blanes, en la Me- 
moria explicativa de su celebrada tela, al 
hablar de las condiciones que ella reque- 
ría, dijo: «La primera es la verdad en la 
elección, que supone lo verosímil y po- 
sible. Era este el lado más esquivo de la 
empresa, y fué para mí causa de mu- 
chas vacilaciones: además, la crónica no 
me servía con certidumbre^ y los recuer- 
dos que conocía de boca de algunos acto- 
res eran algo confusos para el arte». 

Si la crónica y el recuerdo no sirven 
para la materialidad de ios hechos, ¿ser- 
virán para la evocación más difícil délos 
nombres? 

Sin el documento auténtico por delante. 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


la fisonomía y el detalle nominal de los 
que desembarcaron el 19 de Abril en la 
Agraciada, bien han podido borrarse 
para dar entrada en la memoria de algu- 
nos de los Treinta y Tres, á los primeros 
individuos que se les incorporaron para 
seguir su suerte. Y esto lo decimos en el 
concepto de que se quisiera proceder de 
buena fe, para dar á cada uno lo suyo; 
que si nos remontamos al criterio huma- 
no que suele presidir los actos de interés 
individual, ó de partido, entonces fácil es 
concebir que el furor de la pasión, ó el 
cálculo menguado, bien pueden ser cau- 
sa, así de ocultación de honores mereci- 
dos, como de elevaciones injustificadas. 
Preferimos creer y creemos, que en la 
lista del señor de la Torre, es el error 
sincero el que ha prevalecido. 

Sea de ello lo que fuere, un estudio para 
aquilatar la verdad de las listas forma- 
das años después de la pasada de los 
Treinta y Tres, y averiguar cuál fuese 
la más fidedigna, por la confrontación de 
la clase de los testigos, sólo se explica- 
ría en ausencia de listas indiscutibles y 



LOS TREINTA Y TRES 


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contestes; pero habiendo cuatro en estas 
condiciones, ¿qué objeto tendría una com- 
paración y balance del capital de verdad 
entre lo que dice la hoja suelta que cita el 
Dr. Berra, diferente del contenido de la 
lista del señor de la Torre, que á su vez 
difiere de la del señor Rovira? 

Y ya que á este último señor nombra- 
mos, ocupémonos desde luego de su lista. 

Así como al Dr. Berra le gustó para 
su «Bosquejo» la lista de los «Treinta y 
Tres inmortales», como él con justicia 
los llama, tomándolos de la nómina del 
señor de la Torre, en que hay cinco que 
no son inmortales ni fueron de los Trein- 
ta y Tres, de igual modo todos los que 
hasta ahora se han ocupado en suminis- 
trar datos para monumentos y cuadros 
y textos de lectura, han encontrado que 
una lista que tiene el señor Rovira, es 
la más auténtica y adecuada para pro- 
clamar urbi et orbe quiénes fueron en rea- 
lidad los bravos del 19 de Abril de 1825. 

Y sin embargo ¡oh decepción!, la lista 
del señor Rovira es la peor de todas, y la 
más errónea, porque tiene seis nombres 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


que nó son los de los verdaderos héroes; 
y es inexacta en los grados; y es la que 
menos autoridad reviste, como va á verse. 

Está esa lista subscripta por el general 
Lavalleja y por D. Manuel Oribe; y no es 
más que una copia legalizada, según la 
confrontación que hemos hecho, de la 
que ambos jefes, por favoritismos del mo- 
mento, formularon el 28 de Julio de 1830 
y pasaron al Ministerio de la Guerra 
para que á su vez la remitiese á la Conta- 
duría, á fin de que los Treinta y Tres 
personalmente, ó los herederos de los fa- 
llecidos, recibiesen el premio acordado 
por la ley del 14 del mismo mes y año. 

Transcripta de «El Siglo» la reproduji- 
mos nosotros en 1883 en los «Anales del 
Ateneo», casi sin comentarios, en un ar- 
tículo que no tenía más objeto que demos- 
trar, como conseguimos demostrarlo aca- 
badamente, que tal nómina, entre otros 
errores, tenía el de excluir á Tiburcio 
Gómez. 

Pero, desde luego habríamos podido 
preguntar entonces, como preguntamos 
ahora, ¿existiendo como existe una lista 



LOS TREINTA Y TRES 


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auténtica, original del año 1825, por qué 
el año 1830 se prescindió de ella, archiva- 
da como estaba y está en el Estado Ma- 
yor General, para formar otra nueva evo- 
cando su memoria los señores Lava- 
lleja y Oribe? 

¿Qué sucedió? Pues, sencillamente, que 
se equivocaron ambos en nombres y ge- 
rarquías militares, al extremo de llegar el 
error hasta el grado atribuido al señor 
Oribe, suponiéndosele teniente coronel, 
cuando no era más que sargento mayor 
al pisar el suelo de la patria con sus 
treinta y dos compañeros, como bien lo 
sabía el general Lavalleja, que en ese 
punto se olvidó también de la verdad; si 
bien rectificó incidentalmente más tarde 
ese error cuando en su conocida «Expo- 
sición» sobre los sucesos de 1832, publica- 
da en Buenos Airesen 1833, dijo, en la nota 
de la página 4, lo que sigue: «Cuando tomé 
prisionero en 1825 al general Rivera, se le 
halló en su cartera una autorización para 
que ofreciese mil pesos al que le entre- 
gase mi cabeza, y otros mil al que pre- 
sentase la del entonces mayor y ahora ge- 



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LUIS MELIÁN LAFFNUR 


neral Oribe. Jefes existen á quienes co- 
misionó al efecto, y que miraron tal 
encargo con el horror y desprecio que él 
naturalmente inspira». 

Prescindiendo ya de esa falsedad de 
convertir en teniente coronel á un sar- 
gento mayor, por el interés personal del 
agraciado, examinemos ahora con entera 
despreocupación ante el Tribunal de la 
buena fe y el buen sentido, el dicho de 
esos dos señores en el juicio de tachas 
que les abrimos para desautorizar su tes- 
timonio de 1830, con la deposición de tes- 
tigos que ambos tienen que acatar silen- 
ciosos, pues vamos á anularles su dicho,, 
nada menos que con el dicho de ell.s 
mismos. 

-Empecemos por el general Lavalleja. 

¿Ha subscripto la lista del señor Rovira? 
Bien está; pero ha subscripto también la 
del coronel Bermúdez, ¡que es diferente! 

¿Cabe que pueda decir el señor Rovira 
en defensa de su lista, que el general La- 
valleja se equivocó en la última y nó en 
la primera? 

No cabe; por dos razones de incontras- 



LOS TREINTA Y TRES 


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table fuerza. Es la una, que la lista del se- 
ñor Bermúclez concuerda con otras tres 
listas auténticas, mientras que la copia 
del señor Rovira no concuerda ni con lis- 
tas apócrifas siquiera; y es la segunda ra- 
zón, que la lista del coronel Bermúdez 
lleva, además de la de Lavalleja, la fir- 
ma del coronel Zufriategui, el 

cual no ha subscripto listas distintas en 
nombres y grados como el general La- 
valleja, ni ha incidido en la superchería, 
en que, como se verá luego, •incurrió 
D. Manuel Oribe en la nómina que tiene 
el señor Rovira. 

Descartado y anulado por lo que deja- 
mos expuesto el testimonio del general 
Lavalleja en la precitada lista, queda re- 
ducida la autoridad de la misma á la que 
pueda prestársele á la firma del señor 
Oribe. 

Y prescindiendo del aforismo latino 
de unas testes, nidias tcstis, oponemos al 
testimonio de Oribe, el testimonio del 
coronel Zufriategui, que, testigo por tes- 
tigo, vale tanto como su compañero de 
armas de 1825, porque tenía entre los 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


Treinta y Tres el mismo grado y ob- 
tuvo los mismos ascensos, y fué á la 
conclusión de la guerra de la Indepen- 
dencia del Brasil, coronel como lo fué el 
señor Oribe. 

Pero si, por los motivos aducidos, cabe 
la presunción de que ambos pudiesen 
estar igualmente bien informados, y que 
el testimonio del uno valiese tanto como 
el del otro, un deber de lealtad nos obli- 
ga á reconocer sin embargo, que, como 
testimonio personal, el del coronel Zu- 
friategui vale mucho más que el de 
D. Manuel Oribe, no sólo porque la lista 
Subscripta por aquel coronel está de 
acuerdo con las otras tres, que hemos 
presentado como indiscutibles, sino tam- 
bién porque el coronel" Zufriategui no se 
puso jamás en contradicción consigo mis- 
mo, como le sucedió á D. Manuel Oribe. 

En efecto: en la lista del señor Rovira, 
reducida ya á reposar tan sólo sobre el 
testimonio individual del jefe últimamente 
nombrado, se omite á Tiburcio Gómez. 

¿Por qué esa omisión? ¿Por ignorancia? 
¿por error? Nada de eso: se omitió por- 




LOS TREINTA Y TRES 


25 


que quiso omitirse, porque quiso come- 
terse en él una injuslicia. 

Nadie sabía mejor que don Manuel 
Oribe, que Tiburcio Gómez era uno de los 
Treinta y Tres. 

Bajo sus órdenes servía en el sitio de 
Montevideo, cuando fué tomado prisio-' 
ñero por las tropas brasileras de Ja ciu- 
dad. A la conclusión de la guerra, ha- 
llándose libre, se presentó á las auto- 
ridades del país, y es el mismo coronel 
Oribe, quien, en un informe al Ministerio 
de la Guerra, que poseemos original de 
su puño ij letra^ reconoce en los siguientei^ 
términos bajo su firma, que Gómez lué 
uno de los de la Cruzada, y que en 
el Estado Mayor General existía la pri- 
mera lista de revista que consignaba su 
nombre. 

He aquí el informe; 

«Excmo. Sr.: En el número de los 

Treinta y Ti*es individuos que en Abril 
de 1825 se trasladaron á este territorio 
con el designio de libertiarlo, concurrió 
un individuo nombrado Tiburcio Gónie^, 




26 


LUIS MELIÁN LAFINUR 


quien tuvo la desgracia de caer prisio- 
nero por las fuerzas enemigas, asediando 
esta plaza el informante. 

En el E. M. G. existe ia primera lista 
que se pasó á todos los individuos de 
aquella empresa y se encuentra en ella 
consignado dicho nombre. 


Montevideo, Octubre 20 de 1831. 

Manual Oribe.)) 

Sabiendo, como sabía el entonces co- 
ronel Oribe, que Gómez era uno de los 
Treinta y Tres, y conociendo la pri- 
mera lista existente en el Estado Ma- 
yor General, que es la publicada en 1888 
por la Inspección General de Armas, 
¿qué grado de veracidad puede atribuír- 
sele á la nómina en que comete dicho 
coronel la superchería de sustituir á Ti- 
burcio Gómez por otro individuo y se 
declara él teniente coronel, cuando no 
era más que sargento mayor? 

Si D. Manuel Oribe, por razón injusti- 
ficable, suprimió uno de los Treinta y 



LOS TREINTA Y TRES 


27 


Tres, de la nómina en poder del señor 
Rovira, ¿qué argumento se haría para 
sostener que los otros cinco sustituidos 
en dicha nómina, no lo fueron también 
por razones igualmente injustificables? 

Nunca podría prevalecer el testimonio 
de una sola persona contra un cúmulo 
de antecedentes como el que hemos in- 
vocado, presentando cuatro listas con- 
formes de los Treinta y Tres, una de 
las cuales, la publicada por la Inspec- 
ción General de Armas, reviste el ca- 
rácter de instrumento público, contra el 
que no cabe impugnación testimonial, y 
mucho menos la de un solo testigo, 
pero ¿qué decir cuando á ese testigo único 
se le demuestra que ha falseado la ver- 
dad á sabiendas? 

Explicada y comprobada la deficiencia 
de informes con que en monumentos, cua- 
dros y libros se ha procedido respecto 
de los verdaderos Treinta y Tres, no 
queda más que hacer que concluir con 
la injusticia determinada por aquella de- 
ficiencia, y repararla desde luego con un 
acto serio, hasta para evitar una sitúa- 



28 


LUIS MELIÁN LAFINUR 


ción tan ridicula como la que resulta, de 
que una lista de los héroes, oficial y au- 
téntica, existente en el Estado Mayor 
General, se desatienda, para tomar en 
cuenta papeles contradictorios, que, como 
se ha visto, no tienen más origen que 
favoritismos é informalidades. 




NOTAS 


(1) Con razón que le sobraba dijo Horacio, 
que no es el de metal el más perdurable mo- 
numento. 

De las chapas de bronce que en el de la 
Florida indican quiénes fueron los Treinta y 
Tres, ha desaparecido ya más de una, sin que 
se haya preocupado nadie, que sepamos, de su 
renovación, hasta la fecha. 

Puede bien suceder que providencialmente 
hayan caído las de los nombres sofisticados, y 
entonces convendría que si alguna vez se re- 
nuevan, revista ese detalle caracteres de re- 
paración nacional: suum cuique tribuendi. 



30 


LUIS MELTÁN LAFINÜR 


(2) Cuando el 19 de Abril de 1825 piso don 
Manuel Oribe el suelo de la patria, no era más 
que sargento mayor, como lo consignan clara- 
mente las listas auténticas que nos han ser- 
vido en el presente estudio, y lo dice el general 
Lavalleja en su «Exposición», de 1833, citada 
en el texto; pero de algún tiempo á esta parte, 
han dado en ascenderlo á teniente coronel 
retrospectivamente, suponiéndolo con ese gra- 
do ya en el momento de la pasada al territorio 
de la patria, los que creen, ó finjen creer, en la 
lista del señor Rovira. 

Son los tales más realistas que el rey, y 
sobrepujan en honor de D. Manuel, á sus más 
exaltados admiradores, que, aun en los trans- 
portes de un entusiasmo hiperbólico y frenético, 
nunca llegaron á tamaños excesos, ni á seme- 
jante prodigalidad de grados. 

Así, por ejemplo, D. José Pedro Pintos, un 
idólatra de Oribe, que publicó en 1859 eí «Elo- 
gio histórico desús hechos», con presencia de 
su foja de servicios, que cita varias veces, como 
puede verse en las páginas 29 y 36 de dicho 
«Elogio», lo deja en su grado real y positivo, 
diciendo en la página 21 : «El sargento mayor 
D. Manuel Oribe fué el primero, etc., etc.», y 
en la página 27, agrega: «Ya hemos dicho que 
Oribe no era más que sargento mayor cuando 



LOS TREINTA Y TRES 


31 


los Treinta y Tres pisaron en su país; pero en 
las órdenes generales del ejército, una de las 
primeras promociones que vemos fué la suya». 

Y decimos, que exceder á Pintos en entusias- 
mo, es ser mas realista que el rey, porque ese 
señor Pintos al hacer el «Elogio Histórico», se 
detiene y mide su pequeñez «ante una figura 
militar digna de Plutarco»; pide disculpas poi'su 
osadía en substituir á ese biógrafo griego; iguala 
á su ídolo con cuanto varón ilustre ha encon- 
trado amano, desde Alejandro hasta Wáshing- 
ton; atribuye á Oribe la existencia de la Re- 
pública, bien que eso si, en sociedad con Artigas; 
y reconociéndolo á la par de los héroes de la 
Iliada y la Odisea, lo considera sin embargo — 
página 23, — «más legal que aquellos ! ...» 

Por lo que se ve, ganas no le habrían faltado 
á Pintos, no ya de hacer teniente coronel á 
Oribe sino generalísimo; pero la verdad es que 
su libro, á vuelta de muchas extravagancias y 
ridiculeces, y aun desatinos, tiene regularmente 
bien documentada la parte que se refiere á los 
ascensos del personaje historiado ; y de ahí que 
no pudiese otorgarle los grados que le conceden 
otros admiradores que hablan de lo que no 
saben. 

Sin la documentación, pues, que le ató las 
manos, el ascenso á teniente coronel habría 



32 


LUIS MELIÁN LAFINUR 


sido muy agradable para el señor Pintos, que á 
su «Elogio Histórico» hizo que subsiguiese una 
especie de enciclopedia oribista, en que insertó 
cuanto en vida y muerte se dijo en encomio de 
D Manuel; al extremo de que extrañamos 
sobremanera, que teniendo, como tiene su libro, 
una parte poética bastante amena, que empieza 
en la página 138, dejase escapar una composi- 
ción «Al triunfo y restauración de las leyes, etc., 
etc.,» que circuló profusamente en hoja suelta 
en Noviembre de 1832, y se publicó también, 
dentro de su correspondiente elegantísima orla 
decorativa, en el número 986 de «El Univer- 
sal», para celebrar la derrota de Lavalleja; en 
cuyo himno ardiente y belicoso, después del 
siguiente verso: 

«Nuevo Alcides Rivera inmortal», 

se recompensan las hazaña^ del otro restaurador 
de las leyes, con esta estrofa: 

«Cual de Palas la egida tremenda 
Petrifica de espanto y horror, 

Así tiemblan, al ver, azorados. 

De un Oribe el dorado morrión.» 

Pero lo que habría sido natural y lógico en 
la exaltada y fogosa mente de Pintos, es apenas 
un rasgo de puerilidad en los que no compren- 




LOS TREINTA Y TRES 


33 


den que, el ser teniente coronel unos meses an- 
tes ó después, nada le da ni le quita á un hom- 
bre de guerra como Oribe, que valia por su 
temple y aptitudes militares, y nó por el grado 
* que hubiese tenido éntrelos Treinta y Tres. 

No se dan cuenta además, de que si Oribe hu- 
biese sido ya teniente coronel y nó sargento 
mayor únicamente, cuando invadió su patria el 
19 de Abril, resultaría que en toda la guerra 
de la Independencia, no tuvo más que un solo 
ascenso, habiendo salido de ella como salió de 
coronel, lo cual determinarla, por lo tanto, que 
fué objeto de una postergación respecto de los 
sargentos mayores que como Zufriategui,y otros, 
ostentaban insignias de coroneles por haber 
tenido durante la lucha la efectividad de dos 
ascensos, y respecto de ios capitanes que, como 
D. Leonardo Olivera, D. Manuel Lavalleja, y 
muchos más, tuvieron tres ascensos, llegando 
también á coroneles al concluirse la guerra. 

Pretendiendo, pues, elevarlo, antes bien lo 
deprimen, poniéndolo al final de la guerra de la 
Independencia alcanzando un solo ascenso 
cuando otros obtenían dos y tres. 

De coronel siguió algunos años D. Manuel 
Oribe, y más tiempo habría permanecido en ese 
grado, si la ayuda que prestó en favor del Go- 
bierno de Rivera, contra la revolución llamada 



34 


LUIS MELIÁN LAFINUR 


de Lavalleja, no le hubiese valido el ascenso á 
general con que fue premiado por ese servicio, 
según consta del siguiente decreto de D. Luis 
Eduardo Pérez: 

(( Montevideo, Agosto 14 de 1832. 

El Vice-Presidente de la República, en uso de 
las facultades que actualmente inviste, ha ve- 
nido en nombrar por coronel mayor de los 
Ejércitos del Estado, al coronel de caballería 
de línea D. Manuel Oribe, en premio de los im- 
portantes servicios que ha prestado en la sagra- 
da causa del restablecimiento del imperio de las 
leyes y de las autoridades constitucionales, de- 
rrocadas por el motín de 3 de Julio último; en 
su consecuencia, expídasele el correspondiente 
despacho y dése conocimiento á quien corres- 
ponda. )) 

La « sagrada causa » á que se refiere el pre- 
cedente decreto, cimentó su victoria con cruel- 
dades que acaso no han sido excedidas en epi- 
sodios más recientes, que los partidos tradicio- 
nales suelen reciprocamente echarse en cara. 

Hubo de todo en aquel mar de sangre y aquel 
lujo de persecuciones: venganzas implacables; 
ejecución rencorosa y fría de prisioneros ren- 
didos; encarcelamiento de ciudadanos inocentes 
como los señores Carlos y Cristóbal Salvañach, 



I.OSTIUÍINTA Y TRKS 


35 


el diputado Auavitarto y muchos otros; despojos 
brutales, do los que uno solo, andando ol tiompo, 
fue indemnizado por ol fisco con medio millÓQ 
do posos, y coiífiscacionos que como la do los bie- 
nes do dofia Ana Montori*oso, la obligaban á 
presontai-so, oso si, dosdo lUionos Aires, para 
quo so lo dofinioso ol delito do sor esposa dol 
general Lavalloja; todo esto aparto, por supuesto, 
de lo quo tantas voces han reproducido después 
los gobiernos do partido, hlanroa y colorados; 
á sabor; «la amenaza do Hivíira con ol poder 
dol lírasil, á los quo protondiosen residenciarlo 
por haber infringido la ('¡onstitución », amenaza 
quo den anció ol gonei*al Lavalloja al Cuerpo 
Legislativo en su comunicaciiui do 11 do Julio, 
sobro la baso dol documonto original quo obraba 
en sus manos. 

Sea do olio lo quo fuero, perdida por falta do 
dirección y nervio una revolución quo contó al 
principio con poderosos olomontos, y con la opi- 
nión pública, espantada anto tos dosórdones y 
dosvergiionzas do Rivera, movimiento origina- 
llsimo, quo so protexto do quo ora oxclusivamon- 
to contra el Presidente do la República, no se 
unificaba on la acción y so somotia al Cuerpo 
Legislativo, al cual so diidgian todos sus jofoa 
militaros, ol bocho os quo, ol usufructuario dol 
triunfo, fue D. Manuel Oribo, al quo la «sagrada 




36 


LUIS MELIÁN LAFINUR 


causa» del principio de autoridad, representada 
por los escándalos y malversaciones de Rivera, 
le valió por lo pronto el grado de coronel ma- 
yor, y un « inmenso tributo de gratitud», y una 
«digna recomendación» de ese caudillo, en nota 
de 12 de Octubre de 1832(1), más tarde el Mi- 
nisterio de la Guerra, su elevación a Brigadier 
después, y por fin laPresidencia de la República, 
parala cual fué unánimemente votado por las Cá- 
maras que á ese efecto propició el mismo Rivera. 

Es lástima que once años después de sus 
amores constitucionales de 1832, se olvidase 
D. Manuel Oribe de la «sagrada causa del 
principio de autoridad», cuando en seguida de 
cometer horrores inenarrables por cuenta del 
tirano Rosas en las provincias argentinas, 
vino á asolar su pais con la ayuda de ese 
monstruo, á cuyas órdenes fué siempre ruin 
y criminalmente dócil, iiasta que, colmada la 
medida de la sumisión, se vió abandonado de 


(1) Estas galanterías fueron más tarde generosamente retri- 
buidas por Oribe, el cual aprovechando una ausencia de 
Jtivera le decreto una espada de honor, «con letrero en la 
guarnición,» sin perjuicio de proponer á la Asamblea «el 
premio y distinciones con que á juicio del mismo gobierno 
debe ser condecorado aquel benemérito jefe.» El decreto con 
recuerdos del año 1£(32 y otras cosas, es de 4 de Noviembre 
de 1834 y está subscripto por D. Carlos Anaya, en ejercicio 
de la Presidencia de la República, y don Manuel Oribe como 
Ministro de la Guerra. 



LOS TREINTA Y TRES 


37 


SUS jefes y partidarios, que en 1851, volvieron 
por sus fueros de ciudadanos. 

Otra invención de los adoradores de D. Ma- 
nuel, es que^ habiendo dado vuelta cara en la 
batalla de Ituzaingo el regimiento de caballe- 
ría N.* 9, que él mandaba, se arrancó las cha- 
rreteras, diciendo: «Que no llevarla aquellas 
insignias que acababan de degradar soldados 
cobardes como los que en aquel momento lo de- 
jaban solo en el campo de batalla». («Elogio 
Histórico» citado, página 34). 

¿Cómo documenta Pintos esta patraña tan 
indigna y vergonzosa para el regimiento N.° 9? 

Pues con un candoroso: «cuéntase que en la 
batalla de Ituzaingó, etc., etc.» 

El «cuéntase» del pobre Pintos, al primero 
que se le hizo substancia fué al Dr. Berra, que 
lo repitió como si nada importase el honor del 
ejército, cambiando, eso si, el «cuéntase», por el 
equivalente de «sabemos por uno de los actores 
de aquel tiempo, etc., etc. » Verdad es que 
el Dr. Berra salió con eso en la primera edición 
del «Bosquejo Histórico», un librito imposible, 
impreso en 186G, cuando el autor, según lo dijo 
después, «no contaba dos decenios de edad.» 

Desde la segunda edición inclusive en ade- 
lante, de.saparece del «Bosquejo» el episodio 
de las charreteras, con la confesión, cuando sale 



38 


LUIS MELIÁN LAFINUa 


el libro por tercera vez á luz en 1881, de que 
«la obrila era defectuosa»; y tanto, agregare- 
mos, que no presagiaba el importante trabajo 
dado á la publicidad este año como 4.® edición, 
y que, tanto como á su autor honra á la litera- 
tura histórica del Rio de la Plata. 

Vuelto el Dr. Berra sobre sus pasos, no queda 
más autoridad para el episodio de las charre- 
teras, que el «cuéntase» de Pintos. 

Y aquí se tiene la obra de partido en acción, 
para deprimir un cuerpo del ejército en bene- 
ficio de la gloria de un hombre; y, como siem- 
pre, sin necesidad, pues para acreditarse de 
bravo, no le era menester á Oribe que se ca- 
lumniase á los cuatrocientos veteranos que 
mandaba, y se les exhibiese inferiores á los 
demás regimientos y escuadrones que no die- 
ron por miedo vuelta cara en Ituzaingó, ni va- 
cilaron un momento en 'la carga á la voz de 
sus jefes. 

Pero, felizmente, el hecho es falso. El regi- 
miento N.® 9, era uno de los más aguerridos y 
sólidos cuerpos del ejército en la campaña del 
Brasil; era el regimiento de Dragones Liberta- 
dores que D. Manuel Oribe mandaba desde 
Septiembre de 1825, y que por razones de me- 
jor servicio hizo el general Alvear que se de- 
signase con el N.° 9. Su jefe lo había conducido 



LOS TREINTA Y TRES 


39 


á la victoria en la batalla de Sarandi y en cien 
combates homéricos; en disciplina no le ganaba 
ningún cuerpo; era selecta su oficialidad, y, 
merced al empuje de sus soldados, mereció, el 
jefe de tal regimiento, ser citado honrosamente 
en más de una orden del dia. 

jY es ese regimiento igual si no superior 
por sus antecedentes y por todos conceptos, á 
los demás cuerpos de caballería que improvisó 
rápidamente Alvear para su gloriosa campaña, 
al que se elije tan luego para ridiculizarlo, 
exhibiéndolo asustado ante el enemigo y obli • 
gando á su jefe á un acto de desesperación 
para volverlo al fuego ! . . . ¡ Qué torpísima 
invención! 

Lo que sucedió en la batalla de Ituzaingó 
con los soldados del regimiento N.® 9, fué lo que 
sucedió, más ó menos, con todos los cuerpos de 
caballería destinados á estrellarse contra masas 
de artillería é infantería, que se vieron rechaza- 
dos y contenidos por los fuegos enemigos, es- 
pecialmente de la infantería austríaca; pero á 
la voz de sus jefes y oficiales, se replegaban, 
evolucionaban y se rehacían para volverá la 
carga mientras la orden de cargar subsistía y 
el enemigo no cedía, como cedió, al fin, el 
campo; todo lo cual está dentro del modo de 
ser natural délas batallas, y de las contingencias 



40 


LUIS MELIÁN LAFINUR 


á que está sujeta la caballería, y no significa 
vacilación ni falta de denuedo, ni mucho menos 
dar vuelta cara para huir. Por el contrario, re- 
velan su valor y disciplina, tropas que, diezma- 
das, evolucionan como en día de parada á la 
voz de sus jefes, y se repliegan ordenada- 
mente y se rehacen y atacan, cuantas veces se 
las lleve á ser quemadas y barridas por el fue- 
go de la metralla y fusilería enemigas. 

Los otros cuerpos de caballería que tuvieron 
la tarea más fácil de pelear contra soldados de 
su misma arma, claro está que no necesitaron 
replegarse ni rehacerse, desde que para ellos 
todas eran floi’es, según se desprende del parte 
oficial del propio Marqués de Barbacena, en di- 
versos párrafos, y especialmente cuando dice: 
«O marechal Baráo de Cerro-Largo fazia a 
vanguardia con huma brigada de 560 homens, 
por elle escolhidos, é, segundo sua expressao, 
todos de facer pé. Longe porem de facer pé, á 
menor resistencia á quatro escuadróos inimigos, 
fugirao sem dar un tiro, ou tirar pella espada, 
é em tal debandada, que causaran alguma de- 
sorden no 5.* regimentó, destinao á susten- 
tarlos, é serian cabido sobre o cuadrado dos ba- 
tallóos 13 é 18, se nao fizessen fogo sobre ellos.» 

Por lo demás, si hubiese sido cierto que el 
Regimiento N.® 9 se desbandó ante el enemigo 



LOS TREINTA Y TRES 


41 


y sólo volvió por su honor merced á un acto 
más ó menos teatral, pero de indiscutible efecto 
sobre la tropa, bien merecía tal acto de eficiente 
energía personal, una mención que brilla por 
su ausencia en el parte oficial de la batalla, en 
que el general Alvear sólo nombra al coronel 
Oribe englobándolo con varios guerreros, y sin 
ninguna referencia especial, que tiene para 
otros jefes uruguayos, como Alegre, Olivera, 
Gómez y -vledina, citados por los episodios del 
dia en que tuvieron feliz participación. 

Y todavía podemos agregar, que, si en la 
premura con que se redactó el parte, pudo esca- 
parse el donoso episodio de las charreteras, no 
cabe tal circunstancia en el «Boletín del Ejér- 
cito Republicano», en que dia por día se ano- 
taban los sucesos de algún interéf, y, desde 
luego, todo í los queso referían al crédito per- 
sonal de los jefes; y algunos hechos hemos visto 
recordados, de menos importancia que la que 
tendría el episodio del coronel Oribe si fuese 
cierto. 

Por hostilidad personal tampoco podría expli- 
carse la omisión, en una hoja redactada por el 
general Mansilla con la ayuda del entonces te- 
niente coronel y después general uruguayo don 
Pedro Lenguas, íntimo amigo de D. Manuel 
Oribe. En pruebade no existir tal hosti lidad, véase 



42 


LUIS MELIÁN LAFINUR 


el Boletín N.® 8, que empieza el 15 de Abril y 
llega al 20 del mismo mes, y está en gran parte 
consagrado á una operación de éxito sa- 
tisfactorio sobre Bagé, encomendada al coronel 
Oribe con cien hombres. 

Entre tanto el Boletín N.® 5, que abraza desde 
el 12 de Febrero hasta el 26 del mismo mes, y 
que comj rende todo lo que acaeció en la batalla, 
lo que la precedió, y lo que sucedió después, 
nada cuenta del «cuéntase » de Pintos. 

Las muchas memorias y apuntes publicados 
por actores en Ituzaingó, anecdóticas como son 
por su género, silencian un episodio que en 
ellas estarla en su verdadero lugar. Lo calla 
también el «Catálogo de la Correspondencia Mili- 
tar», publicado por la Inspección General de 
Armas, á pesar de que en la introducción al 
2.0 tomo se hacen los mayores elogios de la 
conducta militar de D. Manuel Oribe y se re- 
cuerdan algunos de sus hechos. Los periódicos 
de la época nada dicen tampoco; y bien pudo 
hacer alguna referencia el « Eco Oriental », que 
apareció en Canelones en el mismo mes de Fe- 
brero de 1827, como pudo el épico cantor de la 
batalla, pues era el caso tentador para su numen, 
arrancar del bronce de su lira un eco que li- 
brase á la posteridad perenne testimonio de la 



LOS TREINTA Y TRES 


43 


hazaña, en vez del recuerdo que honra modes- 
tamente en esta estrofa: 

«Y lú, también, incontrastable Oribe, 

El debido tributo de alabanza 

De la justicia y la amistad recibe». (1) 

Y para concluir j’a, sobre este punto, diremos: 
que, menos explicable aun que en Yarela seria el 
olvido en D. Manuel de Araucho, actor en Itu- 
zaingó, que le dedica á Oribe, en 1835, su « Paso 
en el Pindó»: un tomo entero de poesías en que 
hasta acrósticos le compone. 

Agotada casi la materia con lo que dejamos 
expuesto y documentado, podría, empero, bus- 
cársele otra faz al asunto, para preguntar: ¿pero 
llevaba D. Manuel Oribe charreteras en la ba- 
talla de Ituzaingü? 

El espíritu analítico de Taine (2), le censura 
á Tito Livio su desdén por los detalles de cocina, 
que muchas veces son decisivos y excusan 
mayores investigaciones, como que con una 
cuenta de cocina por peniques, corto Carlyle una 


(V Tomamos estos tres versos de las primeras ediciones 
del célebre canto de D. Juan Cruz Varela. Posteriormente fué 
modificado y dichos versos suprimidos. Sin embargo, en la 
afamada antología, que con el título de «América Poética» 
publicó en Valparaíso D.Juan María Gutiérrez en 1846, viene 
todavía la composición con los tres versos citados. 

(2 Taine «Essai sur Tite Live», cinquiéme edition, page72. 



44 


LUIS MELIÁN LAFINUR 


discusión sobre si había estado ó no en Ingla- 
terra cierto personaje histórico. 

No es esto más que una coincidencia, puesto 
que, la frase «detalles de cocina», no constituye, 
como se comprende, para el gran historiador y 
filósofo positivista, una noción concreta, que en 
si misma carecería de sentido, sino una gene- 
ralización respecto del dato vulgarísimo, pero 
fidedigno y útil, que se adquiere fuera de la so- 
lemnidad del documento oficial, ó de la tradi- 
ción, aceptada con ligereza y sin beneficio de 
inventario. 

Cabe, por lo tanto, después de todo, y á mayor 
abundamiento, llevar ahora la cuestión á la 
materialidad de los hombros del coronel Oribe, 
para demostrar que no podía arrancarse de 
ellos lo que en ellos no existía; y asi llegaremos 
duna negación contundente, y tanto, como la 
afirmación de Carlyle. 

El uso de charreteras, es notorio que sólo 
corresponde al uniforme llamado de gala, ó, 
vulgarmente, de parada; y es sabido que, el día 
de batalla, suelen darse los ejércitos el lujo de 
usar tal clase de uniforme; pero no á todos los 
ejércitos, armados y equipados rápidamente en 
medio á una guerra que estalla antes del tiempo 
calculado, ó levantados por un país en penurias 
financieras, se suministi*an vestuarios deslum- 



LOS TREINTA Y TRES 


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brantes para recargar los bagajes, sin más fin 
que el adorno y mejor aspecto de la tropa en 
determinado momento; y gracias, por consi- 
guiente, si se les dota de un uniforme de dia- 
rio, según la estación. 

No hemos encontrado el documento que re- 
vele que, en la batalla de Ituzaingó, estuvie- 
sen los cuerpos vestidos de gala; y hemos ha- 
llado, por el contrario, múltiples datos que nos 
conducen á afirmar que estaban precariamente 
provistos de ropa, y que era penosa la situa- 
ción del Gobierno que los equipaba. 

El Dr. Berra dice, en su «Bosquejo Histórico» 
— página 605, — que el general Alvear pasó en 
el Arroyo Grande una revista, formados de 
«gran parada» dos de los tres cuerpos en que 
dividió el ejército. En tal clase de revistas 
cabe, ciertamente, dentro de la ordenanza, el 
traje de gala. Pero el Dr. Berra, cuya obra en 
su última edición resulta notabilísima por 
más de un concepto, es escritor de una defi- 
ciencia deplorable en materias militares, á 
cuyo tecnicismo es completamente ajeno, sin 
prometer en ese punto ni siquiera un me- 
diano discípulo de Thiers. 

Bien puede, pues, haberse equivocado en la 
«formación de gran parada», de igual modo 
que le llama «partida», á la columna de qui- 



46 


LUIS MELIÁN LAFiNUa 


nieatos hombres que derrotó D. Manuel Oribe 
en la acción del Cerro — página 583; «división», 
al regimiento de dragones de D. Servando 
Gómez — página 604; «escuadrón de milicias de 
la Colonia», á la división formada con las de 
ese Departamento — página 604; «grupo de ca- 
ballería», al regimiento N.» 8 y el escuadrón 
de coraceros, mandados á sorprender el pue- 
blo de San Gabriel á las órdenes del coronel 
Zufriategui (según lo indica el «Boletin del 
ejército), N.® 4)— página 610 del «Bosquejo». 
Prescindamos, pues, de atribuirle importancia 
á la frase del Dr. Berra, que, por otra parte, no 
consta en qué sentido la ha empleado, si es que 
le ha dado alguno. 

La batalla de Ituzaingó, como se sabe, fué 
una sorpresa confesada por el mismo mar- 
qués de Barbacena. El general Alvear fingía 
huir, y, entre otros ardides, dejaba escapar 
algunos prisioneros, para que asi lo hiciesen 
creer al enemigo. Un buen día, elegido el te- 
rreno, contramarchó, tendió línea al amanecer, 
y dió y ganó la batalla. 

Pero el uniforme de gala, y la tranquilidad 
para vestirlo, y el tiempo en ello invertido, 
alejarían el engaño de la «.vergonhosa é pri- 
cipitada fúgida'», á que aludió el marqués de 
Barbacena en su conocida proclama del 17 de 



LOS TREINTA Y TRES 


47 


Febrero, y habrían inutilizado el ardid de los 
prisioneros que se dejaban escapar, para que 
dijesen lo que pasaba en el campamento. 

Es notorio, además, que el mes de Febrero 
de 1827, fue atroz por su calor excesivo, lluvias 
y tormentas, en el clima abrumador en que el 
ejército republicano operaba; y que el mes de 
Enero no había sido más benigno en sus rigo- 
res estivales; por lo cual, en su proclama, des- 
pués del triunfo, pudo, con justicia, el general 
Alvear decirle esto al ejército: «En cincuenta 
y cinco días de marchas no habéis tenido uno 
solo de descanso; las privaciones que habéis 
sufrido son de todo género. Vuestro general 
está contento de vuestra conformidad, y de 
la frente serena con que habéis soportado todas 
las fatigas entre los rayos de un sol abrasador. » 
El pesado uniforme de gala, pues, para susti- 
tuir al ligerisimo de hilo, en esas circunstancias 
y ese clima, no habría hecho más que fatigar é 
inutilizar soldados el día de la batalla; y no era 
el general Alvear hombre de caer en semejante 
error, y darle esa ventaja al enemigo. 

Serían estos raciocinios aplicables á la poca 
conveniencia de haber vestido de gala, el día de 
la batalla, al ejército de la campaña del Brasil; 
pero ese ejército no tuvo nunca uniforme de 
gala, ni de media gala siquiera, y no fué por la 



48 


LUIS MELIÁN LAFÍNUR 


abundancia del vestuario por lo que se distin- 
guió, como va á verse. 

Descendido D. Bernardino Rivadavia del 
poder, y caído también el Dr. López, que le 
sucedió con carácter provisional, el coronel 
Borrego, que asumió en seguida el mando de la 
República como Gobernador de Buenos Aires, 
encargado al mismo tiempo por las demás pro- 
vincias del desempeño de las relaciones exte- 
riores con amplísimas facultades, inició una 
indiscreta y violenta campaña de descrédito 
contra los actos de Rivadavia, cayendo, como era 
natural, envuelto en la critica, el suceso más 
trascendental de la época, que era la guerra 
del Brasil, y, como consecuencia, el ejército le- 
vantado para sostenerla. 

Nombrado el coronel Borrego gobernador el 
12 de Agosto de 1827, pasó el 20 del mismo 
mes una circular á los demás gobernadores de 
provincias. Era el documento una especie de 
programa administrativo, á la vez que una im- 
placable censura al gobierno presidencial de 
Rivadavia; y se lee en la susodicha circular lo 
siguiente: «Cuando se echaba la vista al valiente 
y virtuoso ejército de operaciones en las fron- 
teras del Brasil, se contempla al soldado des- 
nudo, impagado; la fuerza en considerable 
baja, etc., etc. 



LOS TREINTA Y TRES 


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Transcurrido apenas poco más de un mes de 
esa circular, envía el coronel Borrego su pri- 
mer mensaje á la Cámara de Representantes el 
14 de Septiembre; y es ese mensaje un verda- 
dero proceso , en que, por lo que respecta al 
ejército del Brasil, se expresa asi: «Encuentra 
el gobierno que aquel ejército no estaba asistido 
de pagas sino hasta el mes de Enero de este 
año; encuentra más : que todos los individuos 
del ejército estaban en un estado lastimoso de 
desnudez, y sufriendo privaciones de todo gé- 
nero». 

La contestación no se hizo esperar; y aparte 
de la «Exposición» del general Alvear, y con 
el titulo de «Respuesta al Mensaje», apareció, 
el 24 del mismo mes, un folleto de combate, en 
que uno por uno se consideraban los cargos 
formulados por el coronel Borrego. 

El ejército se hallaba en lastimoso estado de 
desnudez. «Como debía suceder — dice el 
folleto en la página 28 — después de tantas 
marchas y acciones, etc., etc.» Se confiesa, pues, 
el cargo; y para atenuarlo, en la página 29, y 
en una nota de cierta estudiada vaguedad, des- 
pués de manifestarse la carencia de datos 
«sobre los vestuarios que el Gobierno Nacional 
construyó durante su administración», se agre- 
ga: «podemos, sin embargo, asegurar que, du- 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


rante su mando, todos los cuerpos y reclutas 
mandados á la Provincia Oriental fueron equi- 
pados, y muchos con doble vestuario.» Este 
«muchos», cualquiera que sea la fuerza que 
quiera dársele, indica que, «algunos cuerpos», 
no tenían más que un vestuario solo al mandár- 
seles á campaña; pero más adelante, precisán- 
dose cifras, resulta que, desde Mayo de 1826 
hasta Diciembre, mes en que el General Alvear 
abrió las operaciones, solo se remitieron «1,170 
uniformes completos» para un ejército de siete 
mil hombres; y fuera de corbatines y zapatos, 
fué la remisión más importante la de 8,841 pan- 
talones de brin y 13,571 camisas. 

Es ahora el caso de pensar qué partido 
no habrían sacado los amigos del Gobierno de 
Rivadavia, si hubiesen podido sostener que, ade- 
más del uniforme de diario, aquel gobernante 
dotó también de otro de gala al ejército del 
Brasil! 

Pero el uniforme de gala en Ituzairgó es, 
como se ha visto, una leyenda. Con motivo de 
las pasiones que se desencadenaron en pro y 
en contra del general Alvear, en seguida de su 
gloriosa campaña, los jefes que sirvieron á sus 
órdenes salieron á la prensa, y en el número 
109 de «La Crónica Política y Literaria», el 
diario más serio de la época, fundado bajo los 



LOS TREINTA Y TRES 


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auspicios de Rivadavia, por los conocidos lite- 
ratos D. José Joaquín de Mora y D. Pedro de 
Angelis, uno de aquellos jefes escribe, con fecha 
24 de Septiembre de 1827: «Al marchar el 
ejército del Arroyo Grande, todo él tenía un 
vestuario nuevo. Los cuerpos más modernos 
podían conservar el que recibieron á su for- 
mación, les servia en las marchas; y su conti- 
nuidad los hizo inservibles é incapaces de cu- 
brir al hombre y de preservar su cuerpo de los 
rigores de la estación : eran andrajos asque- 
rosos:-» yantes habla dicho el mismo jefe, que 
los depósitos de vestuario tomados en Bagé, San 
Gabriel y otros puntos, fueron distribuidos á la 
tropa. «Los dragones orientáles — dice— se 
vistieron en Bacacay, y la división Lavalle se 
equipó en San Borja, habiendo también cam- 
biado sus uniformes por los ^del enemigo que 
encontró.» 

Dicho jefe, en polémica con otro que escri- 
bía desde Cerro-Largo suscribiéndose «Un 
Soldado Argentino», le dice en el N.* 112 de 
«La Crónica»: «Si usted fuese militar no hu- 
biese dicho en su carta que el ejército estaba 
en aquella época poco menos que desnudo; 
hubiese usted dicho completamente desnudo 
porque asi estaba .... desnudez igual en los 
oficiales que en la tropa.» 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


De todo lo expuesto no solo se deduce que 
el ejército no podía tener uniforme de gala, 
sino que casi no lo tenia de ninguna clase. 

Seria llevar muy adelante la sutileza del 
raciocinio, afirmar que aun cuando el ejér- 
cito no vistiese uniforme de gala, bien pudo el 
coronel Oribe usarlo en Ituzaingó, con sus co- 
rrespondientes charreteras, aunque su regi- 
miento llevase menos que modestísimo vestuario. 

f 

A esta misma sutileza se puede ocurrir 
desde luego recordando que, en el ejército 
de Alvear, los jefes no hacían lo que se les 
daba la gana sino lo que él ordenaba y con- 
sentía, y que no habría sido propio, ni per- 
mitido, el lujo deslumbrador do un jefe en 
contraste con los andrajos de sus soldados. 

No estaban tampoco en la mente de los 
generales Alvear y Soler los actos de osten- 
tación, como no estaban tampoco en la menie 
de sus subalternos en los momentos solem- 
nes porque pasaban. Sabiilo es que, preocu- 
pados exclusivamente en asegurar el éxito 
de la batalla, llegaron en ese proposito, des- 
do el general en jefe abajo, hasta entregar 
al parque sus carros particulares, destinán- 
dolos á conducir municiones, á efecto do no 
recargar, con el acarreo, de nada que no 
fuese extrictamente indispensable el servicio 



LOS TREINTA Y TRES 


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cada día más difícil do bueyes, muías y ca- 
ballos, enflaquecidos y debilitados por marchas 
excesivas y fatigosas en un clima abrasador. 
«No haciendo caso de sus propiedades, para 
que, en una batalla, no faltasen cartuchos, y 
aprendiese el enemigo que, para los Repu- 
blicanos nada era primero que el honor do 
la República», dice un testigo presencial, 
comentando ese hecho en el número 109 do 
la «Crónica». 

La ostentosa ridiculez de doradas charre- 
teras, explicable únicamente en el traje de 
gala, no podía entrar en un jefe de carácter 
cincunspecto como 1). Manuel Oribe, al frente 
de soldados más que pobremente vestidos, eso 
en el caso de que las tuviese en su ligero 
bagaje de jefe de caballeria, lo cual tam- 
poco es presumible, aun en la hipótesis de quo 
el regimiento quo mandaba, incorporado como 
fue al ejército argentino, y con su número de 
orden, hubiese sido atendido y equipado sin 
embargo de eso, á costa de la Provincia, pues 
es sabido que, el honestisimo Gobierno de ésta 
en la Florida, pasaba por penurias quo no da- 
ban para trajes de lujo ni entorchados. 

Por cualquier lado que se mire, pues, el 
episodio de las charreteras, carece do consis- 
tencia y de seriedad, lo cual si salva, felizmente. 




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LUIS MELIÁN LAFINUR 


el honor del regimiento N.<> 9, en cambio nada 
le qaita al nombre del soldado fuerte que 
lo mandaba; y que, tanto como habla nacido 
para dar brillo á la carrera militar, en la 
cual no sabemos quien en nuestro país lo aven- 
tajarla, estaba al mismo tiempo, por desgra- 
cia, dotado de pasiones mezquinas y enconosas, 
y de ambiciones insanas, que, al lado de una 
carencia visible de vuelo moral y de inteli- 
gencia política, lo esterilizaron para la felici- 
dad de su patria, convirtiéndolo, después de 
1838, en un personaje odioso, cruel y sombrío. 

Y no se enojen por este juicio los sucesores del 
endiosamiento -le Pintos, que las aptitudes mi- 
litares y el sentido político son cosas que suelen 
no verse juntas. Ney y Murat eran unos insen- 
satos fuera del campo de batalla, y pagaron con 
su vida, éste sus dessteíitadas y criminales 
ambiciones, y el otro sus inconsecuencias pas- 
mosas. Wéllington, el gran Wéllington, según 
Buckle, fuera de los asuntos militares, erraba 
en cuanto se ponía, y fue siempre opuesto «á 
toda gran reforma, á toda gran medida, é. todo 
progreso y á toda concesión á las aspiraciones 
populares, so pretexto de que peligraba seria- 
mente la seguridad de Inglaterra!» (1) 

(l) Huckle.—History of the civilization ip England vol. 1 
page 201—Edition of 1873. 



LOS TREINTA Y TRES 


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Entremos ya al examen de la última maja- 
dería, que, relacionada, como las anteriores, con 
la vida militar de D. Manuel Oribe, en la guerra 
de la independencia del Brasil, han inventado 
sus fecundos, bien que desgraciados adoradores. 

Lo han declarado segundo jefe délos Treinta 
y Tres, por supuesto que sin exhibir el nombra - 
miento, ni la orden del dia que lo dio á conocer 
en ese carácter, ni siquiera invocar el mínimo 
antecedente al respecto; y es esta. invención tan 
fácil de desautorizar, como la del grado de te- 
niente coronel y el episodio de las charreteras. 

Los Treinta y Tres, como se comprende fá- 
cilmente, no constituían una unidad táctica, ni 
una fuerza definitivamente organizada. Eran, 
por su composición accidental, un grupo de 
ciudadanos destinados á separarse y distribuirse 
según las circunstancias lo indicasen, una vez 
en el territorio déla entonces Provincia. Cua- 
tro j efes, nueve oficiales, dos clases y diez y 
ocho soldados, para el hecho material de la in- 
vasión, tenían bastante con el coronel que los 
acaudillaba, jefe único, que era indispensable, 
porque en toda expedición militar alguien ha 
de hacer cabeza. Pero un segundo jefe, ¿á qué 
habría respondido? ¿Cuánto tiempo habría du- 
rado en el puesto? ¿Qué papel habría desem- 
peñado? 



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LUIS MELTÁN LAFINUR 


Sabido es que, en los primeros dias de inva- 
dido el país, y asi que fué tomado Rivera prisio- 
nero, los jefes y oficiales se diseminaron por 
los Departamentos para hacer general la in- 
surrección, separándose tanto los que habían 
venido con Lavalleja, como los que se le incor- 
poraron después ; y, desde luego, los tres sar- 
gentos mayores Oribe, Zufriategui y del Pino, 
fueron destinados á distintos cargos, habién- 
dosele dado el de más importancia á Zufriategui, 
que quedo con Lavalleja, y pasado algún tiempo 
fué nombrado Jefe de Estado Ivlayor General 
del Ejército, mientras á Simón del Pino se 
mandó á Canelones á organizar -la guardia na- 
cional con el carácter de comandante militar 
del Departamento, habiendo sido D. Manuel 
Oribe designado como segundo jefe del asedio 
de Montevideo á las órdenes del traidor Boni- 
facio Islas (a) Calderón, un^miserable muy espe- 
cialmente recomendado por Rivera, y que 
proyectó una contra-revolución, que fué descu- 
bierta, merced, en parte, á una joven que man- 
tenía relaciones amorosas con D. Manuel Oribe 
y que puso á éste sobre la pista de la infame 
traición. 

No cabia, pues, en ciudadanos destinados á se- 
pararse, como se separaron los Treinta y Tres, 
una vez pisado el suelo de la patria, la necesidad 



LOS TREINTA Y TRES 


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de una organización momentánea con segundo 
jefe para el acto solo de cruzar del territorio 
occidental al oriental del Uruguaj^; pero si en 
tal segundo jefe se hubiese pensado, es seguro, 
es indiscutible, que el nombramiento habría re- 
caído en Zufriategui y nó en Oribe, porque 
Zufriategui era un jefe de la predilección de 
Lavalleja, comolofué más tarde déla deAlvear, 
y á esa predilección que, por si sola, nada habría 
significado, se unían, además otras razones de 
más peso. Oribe y Zufriategui, uno y otro, eran 
sargentos mayores; pero la hoja de servicios 
del último y su antigüedad, aventajaban las del 
primero. Nacido Zufriategui el año 1780, tenía 
bastante más edad que D. Manuel Oribe; y bien 
que esto en si mismo, como es natural, poco va- 
liese aisladamente, dábale en el caso, sin em- 
bargo, más respetabilidad al militar de servicios 
constantes, que formaba parte de los Treinta y 
Tres, ostentando el titulo de Benemérito de la 
Patria en grado heroico, con las medallas de 
los vencedores del Cerrito y de Montevideo en 
el pecho, y un escudo de honor en el brazo por 
otra acción de guerra en que tuvo el mando 
principal, mientras que D. Manuel Oribe, para 
saber lo que era ganar una condecoración, tuvo 
que mantenerse á la espera de los cordones de 
Ituzaingó. 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


¿Cómo se concibe entonces, que si Lavalleja 
hubiese pensado en nombrar un segundo jefe ’ 
de los Treinta y Tres, habría, en igualdad de 
grado, preferido al militar más joven y de me- 
nos servicios y antecedentes, para competer una 
injusticia perjudicando al jefe de su confianza, 
su predilección y su amistad? 

Tan no habría procedido asi, que, en cuanto 
pudo, mostró su preferencia por Zufriategui, 
nombrándolo Jefe de Estado Mayor, el cargo 
más importante en el ejército, si se exceptúa el 
del general que lo mandaba, mientras que á 
D. Manuel Oribe le dió el puesto subalterno de 
segundo jefe dol asedio de Montevideo, á las 
inmediatas órdenes, como antes hemos dicho, 
del traidor Calderón. 

No cabe duda, por lo expuesto, de que entre 
los Treinta y Tres no hubo segundo jefe, ni te- 
nía para qué haberlo; pero si se hubiese nom- 
brado, creemos haber hecho la demostración de 
que por ningún concepto habria sido D. Manuel 
Oribe el favorecido, sino D. Pablo Zufriategui, 
que desde el 19 de Abril de 1825, hasta el día 
mismo de Ituzaingó, tuvo siempre cargos supe- 
riores álos de Oribe. Mientras éste, verbigracia, 
en esa batalla no era sino uno de tantos jefes de 
cuerpo, D. Pablo Zufriategui mandaba una de 
las más lucidas divisiones del ejército. 



LOS TREINTA Y TRES 


59 


(3) Además de lo dicho sobre el coronel 
Zufriategui en la nota precedente, cabe agregar 
que fue iniciador de la revolución de 1825 como 
uno de los seis ciudadanos que se reunieron con 
Lavalleja, para firmar el compromiso de invadir 
el país, y antes de eso había sido el alma de una 
conspiración abortada en Montevideo, sobre la 
base de un batallón que él hubo de sublevar 
con ayuda de los sárjenlos del mismo, y desde 
entonces no dejó de ser constantemente un 
abnegado servidor de la obra de nuestra eman- 
cipación del Brasil, en las diversas esferas de 
acción para que lo indicaban su preparación, sus 
antecedentes, y la variedad de sus aptitudes y 
hábitos. 

Era, á la vez que soldado, un cumplido caba- 
llero y un hombre de salón de la más exquisita 
y elevada cultura. Las exigencias de la vida 
social y el trato de las gentes de buen tono, le 
eran tan familiares y fáciles como el cumpli- 
miento de sus deberes militares. Por esta cir- 
cunstancia, el general Lavalleja encontró que 
era de sus jefes el más adecuado para llenar una 
misión reservada, que le confió cerca del Go- 
bierno de Buenos Aires á efecto de propiciarlo, 
manifestando los propósitos de la revolución, 
completamente distintos y desligados de las sub- 
versiones morales de Artigas. Desempeiáada 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


satisfactoriamente su misión, y vuelto á su 
patria en el mes de Junio, se hizo cargo del 
Estado Mayor General del Ejército, no siendo 
ese el único puesto de importancia que desem- 
peño, pues fue también comandante general de 
armas de la Provincia, mandó el ala derecha 
del ejército en la batalla de Sarandí, fué jefe 
superior del asedio de Montevideo y jefe de 
división en la campaña del Brasil. 

Como era marino, sirvió un tiempo á las órde- 
nes de Brown en calidad de comandante de una 
goleta, y se halló en varios combates navales, 
habiendo antes y después de haber asistido á 
ellos, prestado servicios en buques de guerra 
y desempeñado varias veces la Capitanía del 
Puerto, y mandado en jefe expediciones como 
el ataque heroico á la Isla de Ratas, que le valió 
una condecoración por su feliz y provechoso 
resultado. Fué oficial de artillería en los- comien- 
zos de su carrera; pero siendo generales sus 
aptitudes formó y disciplinó el batallón de caza- 
dores orientales mandado después por el coronel 
Garzón, como número 3 de infantería en el 
ejército argentino. Alveor, que lo estimaba con 
distinción, le dió en la campaña del Brasil el 
mando del regimiento de caballería N.“ 8, nom- 
brándolo además jefe de división, como ya lo 
hemos dicho. Componíase esa división, del regi- 



LOS TREINTA Y TRES 


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miento N.* 8, fuerte de seiscientas plazas, y de que 
era coronel en propiedad, de los coraceros de 
Medina, y del 16 de lanceros mandados nada 
menos que por Olavarria, el jefe que acaso más 
se distinguió en Ituzaingo, obligando al general 
Alvear, en su parte de la batalla, á la evocación 
de las glorias de Junin y de Ayacucho, en que 
igualmente fué actor aquel intrépido guerrero, 
que de nuevo quiso reproducirlas. 

Con su división tomó el coronel Zufriategui, 
el 8 de Febrero de 1827, el pueblo de San Ga- 
briel; al frente de ella estuvo en Ituzaingó el 
20 del mismo mes, y, en la acción de Camacuá, 
el 22 de Abril. 

En las disensiones civiles no tomó más parte 
que la que le cupo en la revolución de Lava- 
lleja, cuyas banderas siguió en 1832. Asilado 
en país extranjero, vencido que fué aquel movi- 
miento, vivió decorosamente de su peculio, sien- 
do también alivio de sus compañeros de armas 
desgraciados, para lo cual, en Marzo de 1833, 
vendió, por lo que quisieron darle, una valiosa 
chacra, en el Miguelete, que tenia por herencia 
de su padre. Pero vuelto á la tierra de su cuna 
al cabo de cuatro años, no se afilió á ningún 
partido, y llena el alma de desencantos y tris- 
tezas, retirado de la vida pública, fué silencioso 
espectador, hasta el año 1841, en que murió, de 



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LUIS MELIÁ.N LAFINUR 


todos los bochinches con que el caudillaje gau- 
cho de Rivera hizo imposible el orden y la 
marcha regular del país. 

(4) D. Simón del Pino fue de los iniciadores 
de la cruzada de 1825 y uno de los tres sárjenlos 
mayores que, como se ha visto por las listas 
auténticas, con Lavalleja desembarcaron el 19 
de Abril de aquel año en la Agraciada, Era un 
militar pundonoroso y serio, que había servido 
con entusiasmo la causa americana en la gue- 
rra con España, y la de su país cuando la invasión 
lusitana, y que desesperado por ios recuerdos 
de la época de Artigas, se sometió el año 1820 
á la dominación de los portugueses, como se 
sometieron en su mayoría, unos antes y otros 
después de esa fecha, todos los ciudadanos 
cultos á quienes aquel bárbaro tenia aterro- 
rizados y que vieron en la conquista de Lecor 
una tregua para hacer vida civilizada, y prepa- 
rarse asi en el intervalo al heroico esfuerzo del 
año 1825, á la vez que vieron otros el medio de 
abandonar sin peligro las huestes del feroz 
caudillo, como lo hicieron Bauzá, D. Manuel 
Oribe y algunos más en su conocida negociación 
déla Artillería y del batallón de libertos, lle- 
vada á cabo con la intervención de D, Nicolás 
Herrera. 

Los que endiosan al caudillo uruguayo y 



LOS TREINTA Y TRES 


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le inventan como título indemnización de sus 
derrotas y su huida, la fundacicin de la naciona- 
lidad Uruguaya en que él jamás pensó, y que 
es una gran mentira, se olvidan de que de todos 
aquellos que por causa de Artigas tuvieron 
que someterse á la dominación portuguesa, y, 
con el alma lacerada, hasta la aceptaron como 
un bien momentáneo, es de donde salieron los 
soldados y los estadistas que nos dieron patria 
y decoro en 1825, mientras que la fiera que 
habia desencadenado toda clase de desgracias 
sobre la tierra de su cuna, se revolcaba hosca 
y despechada por el triunfo de Ramírez en las 
selvas del Paraguay, cumpliéndose la profecía 
de D. Rufino Bauza y D. Manuel Oribe, de 
que una vez «vencido abandonaría el país al 
extranjero, á lo que ellos ni patriota alguno 
debían sujetarse». — Memorias de la colección 
Lamas; páginas 331 y 347. 

Pero el veredicto popular y nacional está 
dado. Nadie echa lodo ni puede echarlo sobre 
los que se vieron obligados por las circunstan- 
cias á sufrir la imposición del extranjero; 
nadie se atreve á comparar con Calderón, ver- 
bigracia, á los ciudadanos que de un modo más 
ó menos directo, y para librarse de Artigas, 
entraron en tratos con los portugueses, porque 
hasta hace cuarenta años apenas, hemos visto 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


actuando y respetada en la vida pública á la 
generación cuyos principales hombres, si se 
sometieron á los portugueses por causa de Arti- 
gas, en cambio les dieron en la cabeza á sus 
sucesores, como á los mismos portugueses les 
habrían dado cuando desaparecido aquel bár- 
baro inepto, malo y jactancioso, fué posible la 
aurora de Sarandi como precursora del fulgente 
sol de Ituzaingó. 

Gobernadores y Presidentes salieron de los 
ciudadanos que con los portugueses tuvieron 
que ver; el que entregó por sus manos al con- 
quistador el oficio símbolo de posesión de la 
ciudad querida, fué el más virtuoso de los 
hombres y el más ilustre de nuestros sabios, y 
tanto que aun espera sucesor; los jefes de nues- 
tras épicas batallas del año 1825 al 1828, al con- 
quistador bien que en distintas formas habíanle 
rendido homenaje; y hasta hace cuarenta años, 
como hemos dicho, los principales cargos pú- 
blicos estuvieron siempre desempeñados por los 
actores en los sucesos de 1817 á 1830. 

Vosotros, pues, los que endiosáis á Artigas, 
leed nombres propios, y encontraréis nuestras 
glorias más puras, y los principales actores en 
la epopeya de la emancipación del Brasil, 
pasando años enteros por las horcas candínas 
del conquistador, con tal de librarse de un 




LOS TREINTA Y TRES 


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despotismo brutal que era la negación de la 
vida civilizada, y la imposibilidad de desalojar 
algún día al intruso. 

Endiosad al bárbaro, que enfurecido y des- 
hecho dio la espalda al enemigo para ir á 
debatir en otro suelo querellas de menguado 
predominio personal; y entonces tendréis que 
maldecir de todos los que nos devolvieron la 
patria que él dejó entregada al extranjero, 
como lo habian previsto sus contemporáneos! 

¡Erigidle estatuas al que menos indómito que 
el último gaucho de nuestras luchas civiles, 
no supo quebrar su lanza en el patrio suelo, 
para cavarse una fosa frente á frente al ene- 
migo I 

En el juicio sobre Artigas se han dado ya 
las notas más altas del vituperio y del elogio. 
Lo hemos pensado y estudiado mucho; entre el 
juicio de Juan Carlos Gómez y el de Santos, 
¡nos quedamos con el del primero! . . . 

De los que por causa de Artigas tuvieron que 
soporlar á los portugueses, fué D. Simón del 
Pino, según lo hemos dicho ya; pero conside- 
rando como era natural que tal dominación 
pasaría estando como estaban los uruguayos 
todos dispuestos á sacudir el ominoso yugo, 
tué de los primeros en ponerse de acuerdo con 
Lavalleja. 



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LUIS MELIÁN LAFINUR 


Relacionado y prestigioso en Canelones, De- 
partamento en que era propietario, levantó sus 
milicias en los primeros dias de la revolución, 
y al frente de ellas se distinguió en la batalla 
de Sarandí. 

Perteneció á la Asamblea de la Florida, y 
suscribió como diputado el acta de la Indepen- 
dencia, y la de la reincorporación á las Pro- 
vincias Unidas del Rio de la Plata. 

Era coronel cuando estalló el movimiento 
de 1832, que iniciado por el mayor Santana en 
campaña, fué seguido por el coronel Garzón 
en la capital, y tuvo á su frente después como 
jefe superior al general, Lavalleja. 

Reunió fuerzas inclinándose al principio á 
los revolucionarios, en cuyo campamento llegó 
á encontrarse; pero neutralizado por Oribe dio 
de su conducta al Estado Mayor General expli- 
caciones por medio de una nota de fecha 22 de 
Agosto, y habiendo sido conceptuadas satisfac- 
torias dichas explicaciones, entró al servicio 
del Gobierno. 

(5) D. Manuel Lavalleja era hermano del 
general del mismo apellido; tuvo la desgracia 
de ser tomado prisionero por fuerzas brasileras 
en los primeros días de la pasada al territorio 
uruguayo; pero fue -canjeado algún tiempo 
después, o pudo evadirse el mismo rño 1825. 



LOS TREINTA Y TRES 


G7 


Habiendo seguido el partido de su hermano 
en la revolución contra el gobierno de Rivera, 
figura entre los seis coroneles dados de baja por 
el decreto de 20 de Agosto de 1832. 

(6) D. Manuel Freire, muerto en el patíbulo 
por un pretenso delito político, y á manos desús 
compatriotas, en un país en que alternativa- 
mente todas las fracciones, partidos y círculos 
han sido revolucionarios, es una victima que 
solo se explica por las aberraciones horribles á 
que conduce la pasión. 

Córdova, el heróico joven neo-granadino, de 
la célebre orden de ataque en Ayacucho: «Sol- 
dados: armas á discreción y paso de vencedo- 
res»; general de división á los veinticuatro años, 
ejecutado en 1829 por causas políticas, ha dado 
para siempre el derecho de decir, que «hay 
cabezas que el verdugo no puede tocar». 

Ninguno de los Treinta y Tres debió morir 
fusilado. Caiga el anatema de la Historia sobre 
los que no lo supieron comprender, ni midieron 
la magnitud y proyecciones del crimen que 
cometían. 

(7) D. Manuel Meléndez, iniciador de la revo- 
lución de 1825 con los hermanos Lavalleja, 
Zufriategui, Oribe, y Simón del Pino, fue un 
bravo oficial, aunque poco amigo de someterse 
á una rígida disciplina, por lo cual desde el 



68 


LUIS MELIÁN LAFINUR 


mes de Julio de 1825 dejo de servir con 
D. Manuel Oribe. Murió en acción de guerra 
antes de la pacificación del país; y su señora 
madre, doña Catalina Machado, recibió el pre- 
mio que se acordó por la ley de 14 de Julio 
de 1830. 

(8) D. Pantaleón Artigas murió el año 1825 
en una obscura refriega, persiguiendo deser- 
tores. 

(9) D. Juan Spikerman, conocido también, 
como su hermano Andrés, por Piquimán, ape- 
llido castellanizado, y que algún tiempo ellos 
usaron, es el único de los Treinta y Tres, que 
sepamos, que haya dejado algo metódicamente 
escrito, y que se haya publicado, sobre los 
sucesos de 1825. 

Lleva el diario del mayor Spikerman el titulo 
de «La primera quincena de los Treinta y 
Tres», y fué publicado por primera vez en los 
números 5 y siguientes de un periódico que 
con el titulo de «El Panorama» dirigía D. José 
A. Tavolara el año 1878. 

Facilitó el manuscrito su poseedor D. Ramón 
de Santiago, que al publicarlo lo precedió y lo 
siguió de interesantes noticias, así de la persona 
del narrador como de los sucesos relatados. 

El año 1891 se hizo una segunda edición de 
«La primera quincena de los Treinta y Tres» 



LOS TREINTA Y TRES 


60 


por la imprenta de «La Epoca», con un croquis 
del derrotero por ellos seguido. 

Es de puño y letra del mayor Spikerman, al 
decir del señor de Santiago, el manuscrito 
que él publicó; pero D. José P. Pintos se había 
declarado, en 1859, provisto también de su co- 
rrespondiente ejemplar, que manifiesta haber 
él escrito al dictado del mayor Spikerman. 

Pintos, en su «Elogio Histórico» ya citado, 
transcribe en las páginas 25 y 20 algunos párra- 
fos de su manuscrito inédito, y cotejados con 
el texto publicado por el señor do Santiago 
resultan de una redacción enteramente distinta. 

(10) Tiburcio Gómez, fallecido en Montevideo 
el 14 de Agosto de 1882, á la edad de 102 años, 
fué de los Treinta y Tres el últ imo en moinr, 
como habia sid o Pantaleón Artigas el primero. 

ElrPél act() de su humildísimo entierro, nos 
cupo el honor de pronunciar algunas palabras 
para darle la eterna despedida ante la escasa 
concurrencia que acompañó á pie sus restos 
al cementerio, desde una pobre y miserable 
casa de la calle Yerbal. 

Hállase en La Razón del 16 de Agosto del 
precitado año, una relación de la fúnebre cere- 
monia, hecha do mano maestra por Carlos M. 
Kamirez, que ante la indiferencia del Gobierno 
y del pueblo «por la postrera reliquia de la 



70 


LUIS MELIAN LAHN'ÜR 


epope 3 ’a nacional», concluye su articulo de re- 
criminación y de amargura con estas flage- 
ladoras palabras: «El patriotismo ha muerto. 
Arriba los mandones y abajo los esclavos. Los 
mercaderes en todas partes». 

Cuando murió Tiburcio Gómez revistaba 
como sarjento. ¡lo mismo que era en la batalla 
de Sarandi en el regimiento de Dragones Li- 
bertadores! 

Fué tomado prisionero por los brasileros en 
el segundo asedio que puso á Montevideo don 
Manuel Oribe, y recobrada su libertad á la 
conclusión de la guerra, gestionó y obtuvo el 
premio acordado por la ley de 14 de Julio 
de 1830. 

Durante la presidencia del señor Berro, para 
tener en su mano una constancia de haber sido 
de los Treinta y Tres, por habérsíde perdido la 
que obtuvo en 1831, so hizo dar una cédula con 
fecha 20 de Septiembre do 1802, que nosotros 
publicamos en los Anales del Ateneo y que 
conse . ‘vamos original en nuestro poder. 

(11) José Leguizamón, muñó en Ituzaingó, 
sirviendo de sarjento, á las (U’denes de D. Ma- 
nuel Oribe, en el regimiento do caballería 
N.“ 9, que había sido antes de «Dragones Liber- 
tadores», cambio de designación que es no- 
torio y puede comprobarse, sin ir más lejos, en 



LOS TREINTA Y TRES 


71 


las Biografías del general Félix E. Aguiar, que 
corren en la «Colección de Memorias y Do- 
cumentos» de Lamas, y en el 4.° Libro de los 
«Hombres Notables» por D. Isidoro De-Maria. 

Aguiar fué alférez y teniente en dicho regi- 
miento. 

(12) Norberto Ortiz fué herido de muerte 
en una guerrilla, en el Miguelete, el 29 de 
Mayo de 1827. 

(13) Juan Arteaga, tuvo, como Leguizamon, 
la gloria de morir erT la batalla de Ituzaingó. 

(11) Dionisio Oribe era un negro asistente de 
D. Manuel Oribe. 

(15) Joaquín Artigas era negro como el de 
la nota anterior, y venia en calidad de asistente 
del alférez D. Pantaleón Artigas. Taiito él como 
su compañei’o Dionisio Oribe salieron ilesos de 
la guerra de la Independencia, y recibieron 
por mucho tiempo el premio acordado por la 
ley de 14 de Julio de 1830. 

(10) 1). Basilio Araujo no es de los Treinta y 
T res, porque estos fueron en realidad Treinta 
y cuatro; y si por un acto de imprevisión se li- 
mito la n()inina á la primera cifra, bástele á 
Araujo pai-a su gloria la nota que traen lorias las 
listas autrmticas, de que vino en «la misma 
cüinbi nácelo ó en «la misma con rlTcTón» que 
losT^i-einta y Tres. 




72 


LUIS MELIÁN LAFINUR 


Era uno de los del grupo juramentado, y 
tuvo el honor de que su jefe le diese una co- 
misión que lo obligó á cruzar el Uruguay 
antes que sus compañeros. Se puede sostener 
que por esa circunstancia accidental, ha sido 
victima de una injusticia, al no elevarse á 
treinta y cuatro el número de los héroes de la 
Agraciada; pero su parte de gloria está segura 
á la par de la de los otros guerreros á que él se 
incorporó en la costa. 

Dicho esto corresponde Ta observación de que 
si malo fue no elevar desde un principio el nú- 
mero á treinta y cuatro é incluir en él á 
Araujo, peor, mucho peor, fue introducirlo en la 
lista de los Treinta y Tres, con perjuicio, como 
es natural, del derecho de uno de los que com- 
pletaban ese número, y que fué necesario hacer 
objeto de una injustificable preterición. 

Se sa be que fué Tiburcio Gómez el sustituido 
por A raujo; porque en el c oncei)to del general 
Lá^váTIeji rylU^ de¡^ que Gómez 

se suponía muerto, b ien podia Araujo )meaupla- 
zaiToé 

Pero el presunto fallecido vivía, prisionero 
del enemigo que le dió libertad á la conclusión 
de la guerra. D. Manuel Oribe i'oconoció, en 
el informo que hemos insertado en el texto, 
que Tiburcio Gómez era de los Treinta y 



LOS TREINTA Y TRES 


73 


Tres; y el Jefe de Estado Mayor, entonces co- 
ronel D. Pedro Lenguas, más tarde general, ex- 
plicaba al Ministerio de la Guerra la aparición 
de un nueco Treinta y Tres, después de ce- 
rrada la lista para el pago del premio, en los 
siguientes términos del informe que, original, 
obra en nuestro poder: 

«Excmo. Sr.: El número de los Treinta y Tres 
para quienes se decretó el premio, está llenado 
según consta por las revistas de comisario; aho- 
ra apai-ece otro individuo, que lo reclama 
como uno de los de aquel número, y los infor- 
mes que anteceden acreditan que fue uno de 
ellos. En la lista que se acaba de pagar (de 
que exist(}!i dos ejemplares iguales y otro 
que queda en este archivo) se registra su nom- 
bre y es á lo que se refiere el señor coronel 
D. Manuel Oribe en el citado informe: el te- 
niente coronel D. Basilio Araujo es el que 
completó aquel número, y con relación á este 
jefe se ve una nota en dicha lista en que se ex- 
presa haber sido uno de los de la empresa, y 
que fué comisionado por tierra y se les reu- 
nió después en la costa. Y habiendo desapa- 
recido Tibui'cio Gómez, á quien so dió por 
muerto, según el coronel Oribe, por las noti- 
cias que so adquirieron, fué sin duda motivo 
por que se incluyó al señor Araujo, conside- 



74 


LUIS MELIÁN LAFINUR 


rándolo tan acredor como los demás al pre- 
mio decretado 


Montevideo, Octubre 22 de 1831. 

Pedro Lenguas.y) 

Todo esto, tan informal é impropio como 
se quiera, pone en claro el motivo de apare- 
cer D. Basilio Araujo como uno de los Treinta 
y Tres sin serlo, aunque está bien aclarada la 
vinculación de servicios y de gloria que con 
ellos tiene. 

Fue actor en las batallas de Sarandi é Itu- 
zaingó; y habiendo tomado partido por Lava- 
lleja, en la revolución de 1832, figura entre los 
tenientes-coroneles dados de baja por decreto 
del 20 de Agosto de aquel año. 

Estuvo en servicio en el Cerrito durante la 
llamada Guerra Grande, y murió de coronel. 

(17) La lista de los Treinta y Tres, de fecha 
30 de Abril de 1825, que publicamos en los 
«Anales del Ateneo» en Marzo de 1883, asi como 
la certificación de D. Juan Piquiman y los infor- 
mes de los coroneles Oribe y Lenguas, igual- 
mente publicados, constituyen un expedientillo 
ó conjunto de documentación indiscutible sobre 
los Treinta y Tres, que nos regaló nuestro ilus- 
trado amigo el Dr. I). Martín Aguirre. 



LOS TREINTA Y TRES 


75 


Habían pertenecido á su tío, el conspicuo ciu- 
dadano D. Atanasio C. Aguirre, que fué actor en 
la guerra de la Independencia del Brasil, como 
lo fueron sus hermanos. 

(18) Poseemos ejemplares en castellano, in- 
glés y francée de la obra que también se pu- 
blicó en alemán, titulada: «Noticias históricas, 
políticas y cstadisticas de las Provincias Unidas 
del Rio de la Plata, con un apéndice sobre la 
usurpación de Montevideo poi* los gobiernos 
portugués y brasilero». 

Las ediciones castellana, inglesa y alemana 
se publicai’on en Londres en 1825 con carta 
geogi-afica y plano de Buenos Aires, por la im- 
prenta de Ackermann. 

Aunque la portada de esas tres ediciones, no 
lo dice, fué autor del libro I). Ignacio Niiñez, 
como es notorio y ])uede verse en el N.® 354 del 
tBolelin Bibliográfico Sud Americano» de Ca- 
savallo, redactado por D. .Juan María Gutiérrez, 
y en los datos biográficos que del autor de sus 
dias dió I). .Julio Núñez, en 1857, al publicarse 
las obras [tóstumas de I). Ignacio. 

La edici'Mi francesa, dada a luz en 1820 en 
Paris, llevaba el nombre del señor Núñez, y 
previene el traductor, M. V^araigne, que es to- 
mada del español, pero con notas y agregado - 
nes. Las tiene, efectivamente, y, j)or lo que hace 



76 


LUIS MELIÁN’ LAFINUR 


á nuestro objeto, trae en la página 518 la nó- 
mina de los Treinla y Tres, que no contenían 
las ediciones del año anterior. 

No hay más diferencia entre esa nómina y 
las otras tres que hemos presentado como con- 
cordantes con ella, que la falta de Ignacio Nú- 
ñez, poniéndose en su lugar el nombre «Matias» 
sin indicación de apellido. 

Por la original coincidencia de ser el nombre 
y apellido suprimidos, indénticos á los del autor 
del libro, conjeturamos que el traductor haya 
creído que habia error de copia, y optase por 
la eliminación, debiéndose á eso la pequeñísima 
diferencia con las otras tres listas auténticas. 

No tiene, sin embargo, importancia alguna 
absolutamente, la supresión de Ignacio Ni’iñez, 
desde que su persona jamás ha suscitado discu- 
sión ni dudas, y está en todas las lista?, en to- 
das, hasta en la del señor Rovira, ¡que es cuanto 
puede decirse! 

D, Ignacio Ni’iñez (el autor del libro) es es- 
critor que goza del más alto concepto por la se- 
guridad de sus datos. Sus obras se buscan mu- 
cho y están há tiempo las ediciones agotadas. 

Todos los histoiáadores contemporánneos de 
sucesos del Rio de la Plata, aun los más, emi- 
nentes, lo citan y acuerdan gran autoridad á su 
palabra. 



LOS TREINTA Y TRES 


77 


Pero en el caso nuestro tiene especial impor- 
tancia el (lato sobre los Treinta y Tres que él 
nos da, por la intervención que tuvo en el 
movimiento y curso de la revolución de 1825» 
y sus relaciones con los actores en ella. 

Fue D. Ignacio Núñez redactor de «El Argos» 
y de «El Nacional» durante la época en que 
se incubaba, producía y desarrollaba el plan de 
los Treinta y Tres; y sabido es cuán bien 
informados estaban esos periódicos de todo 
cuanto á la revolución se referia. A eso se 
agrega que desde principios de 182G era oficial 
mayor de la Secretaria de Gobierno en Buenos 
Aires, habiéndolo antes sido de la de Relacio- 
nes Exteriores, cargos públicos que lo habili- 
taban para estar al corriente de los sucesos 
políticos de la época. 

Contribuyó con su propaganda é influencia 
á la ley de premio á los Treinta y Tres, que 
decretó el Congreso general constituyente de 
las Provincias Unidas del Rio déla Plata en 
Mayo de 1826; y, como además de todo, era 
también militar, Rivadavia, en Junio de ese año 
1820, lo juzgó el hombre indicado para una 
comisión que le dió cerca del Gobierno 
Provisorio de la entonces Provincia Oriental 
y pai*a el general de su ejército. Estuvo con 
ese motivoen el campamento de Lavalleja varios 



78 


LUIS MELIÁN LAFINUR 


días, y conferenció en seguida con los miembros 
del Gobierno Provisorio en el punto en que 
este residía. 

De esa doble fuente fidedigna obtuvo los datos 
que, agregados á los que ya conocía, hizo ese 
mismo año 1826 publicar en la edición fran- 
cesa de su obra, que lleva el siguiente título: 
«Esquisses historiques, politiques et statistiques 
de Buenos Aires, des autres provinces unies 
du Rio de la Plata et de la Republique de Bo- 
lívar, avec un appendice sur l'usurpation de 
Montévidéo par les gouveiuiemens portugais et 
bresilien, et sur la guerre qui l’a suivie; par 
Ignacio Núñez, ancien premier secretaire du 
Ministére des AíFaires etrangéres et de l’inte- 
rieur á Buenos Aires. Traduit de l'espagnol avec 
des notes et des additions par M. Yaraigne. — 
París 1826.» 

(19) El Dr. Francisco A. Berra, en su «Bos- 
quejo Histórico de la República Oriental del 
Uruguay», dice haber consultado varias listas 
de los Treinta y Tres, antes de decidirse por 
la de D. Ceferino de la Torre; y hace con tal 
motivo referencia á una publicada en hoja 
suelta, y que afirma — página 529 — que «por 
su aspecto debe ser anterior al año 1840, ó, 
1845». Hemos tenido de esas listas más de una 
y conservamos todavía un ejemplar en nuestra 



LOS TREINTA Y TRES 


79 


colección de hojas sueltas. Por su aspecto es 
imposible juzgar del año en que se dio á luz; 
pero sabemos que se publicó antes de 1843, 
porque asi nos lo dijo la respetable persona 
de quien hubimos nuestros ejemplares, y que 
los guardaba desde una fecha anterior á aquel 
año, tan fácil de recordar por haber en él 
comenzado la llamada Guerra Grande. 

En el lugar correspondiente hemos demos- 
trado con razones de peso, que tal lista impresa 
no es un documento ni siquiera serio, y que 
no puede ni debe tomarse en cuenta. 

Por eso habríamos visto con agrado, que el 
Dr. Berra, en la edición de este año de su 
«Bosquejo Histórico», en vez de juzgar de la 
fecha del referido impreso por su aspecto, se 
hubiese dedicado á la tarea más acertada, dis- 
creta y conveniente, de estudiar quiénes fueron 
realmente los Treinta y Tres, saliendo una vez 
por todas de la errónea lista del señor de la 
Torre en que se ha petrificado. 

No le dirijimos el cargo, que a un erudito 
como él tendríamos derecho de hacerle, por no 
conocer la edición francesa de la obra de Núñez, 
pero hecha esa concesión, no estamos dispuestos 
á ocultar nuestra extrañeza por su falta de 
noticias sobre otras publicaciones más recientes. 

Hasta la tercera edición de su «Bosquejo» 



80 


LUIS MELIÁN LAFINUR 


en 1881, bien pudo el Di\ Berra dedicar 
su tiempo á juzgar impresos por su aspecto, y 
optar por la lista de D. Ceferino de la Torre; 
pero después de publicada por nosotros en 
1883 una lista auténtica, corroborada por la del 
señor Bermiidez en 1885, y por la que publicó 
la Inspección General de Armas en 1888, es 
injustificable que el Dr. Berra se exhiba en 
1895 con una falta de critica y de confrontación 
de antecedentes, tan visible en un punto histó- 
rico de suyo interesante. 

Felizmente, como el Dr. Berra es hombre 
que mira lejos y nos participa, previene y pro- 
mete, en la página 11 del «Bosquejo» publi- 
cado este año, que «la próxima edición apa- 
recerá totalmente reformada», contamos para 
entonces con que los radicales progresos ofre- 
cidos por el distinguido historiador, con tanta 
anticipación y de tan rotunda manera, alcan- 
zarán también á los Treinta y Tres.